PRÓLOGO
Pesquisidores de palabras
El libro que el docente tiene en sus manos se titula Geografías de palabras. La palabra "geografía" se desdobla y abre, como fruto dehiscente, en otras dos que la componen: "tierra" y "escritura". El verbo graphein significó inicialmente "escribir", "grabar", "redactar", "poner por escrito", y, luego, "describir", "pintar", "dibujar". En sus orígenes Geografía fue una versión verbal de la tierra y sus accidentes, una representación verbal escrita. La Geografía, en los primeros libros que le dieron este nombre, estaba "hecha de palabras": era una mera "geografía de palabras". Tal vez el libro inicial de la disciplina sea el del polígrafo Dicearco de Misene: Descripción de la tierra, dicho de otro modo, la tierra pintada en palabras. Esta obra preparó los caminos de dos líneas de estudios: la de Eratóstenes, creador de la geografía matemática, y en esta nominación se cruzan los caudales de dos libros nuestros: Biografías de palabras y éste, Geografías de palabras. La segunda línea la genera la geografía descriptiva, fundada por Estrabón de Amasia, allá en el Ponto, a quien consideramos, por los diecisiete libros de su Geografía, el Padre de la creatura. Estrabón fue un viajero de ánimo imbatible. Sus escritos recogen las imágenes de la Tierra y de las tierras que alcanzó a conocer. El viajero griego iba leyendo el texto del mundo y lo traducía en palabras. Leia imágenes de la realidad y las traducía en palabras con valor pictórico, presentativo, descriptivo, con estilo gráfico. Sus escritos solían apoyarse en dibujos suyos. Asociaba así en sus páginas dos versiones de Gea: la temporal de la escritura y la plástica de las ilustraciones.
En sus dos dimensiones, los viejos grabados antiguos pintaban una semiesfera sostenida por el lomo de cuatro elefantes, cada uno vuelto a un punto cardinal o toda la Tierra apoyada en el caparazón de una inmensurable tortuga nadando en un mar de leche y, como éstas, otras lindezas atractivas que, por verlas, permanecemos en casa trashojando las láminas maravillosas, orladas de creaturas fantásticas, en lugar de salir a "patear la Gea", esto es, explorar el vasto mundo, como hubiera querido ese talón de perro que fue el viejo Estrabón.
Luego tenemos el universo cartográfico: los mapas y sus planas coloreadas. Desde los primeros escuetos esquicios que parecen trazados por mano infantil, hasta los vastísimos de aquella Escuela de Cartografía, de la que nos habla Borges en una microficción apócrifa: a tanto había llegado el arte que los mapas alcanzaban las latitudes y medidas de la realidad, en su minuciosa precisión, y podían sobreponerse con cabal ajuste a las irregularidades del terreno que representaban, como un velo adhesivo. (1)
Por fin, alcanzaremos las tres dimensiones de los globos terráqueos, esa suerte de jibarismo artesanal por el que podernos tener la Tierra toda girando sobre el pupitre. Los globos terráqueos siempre se me ocurrieron productos avecinados al arte bonsai de los japoneses, reductores de un árbol enorme en uno liliputiense sometido a esa mágica sustancia, la "chiquitolina" que suele insumir el Chapulín Colorado De paso, ya que de palabras tratamos, quiero recordar que "Chapulín" es langosta en México. De modo que el Colorado es una enorme langosta agigantada hasta lo humano, como ampliada por pantógrafo.
Ahora bien, si en el principio la Geografía no fue sino una representación palabrera de la Tierra, una "geografía de palabras", también es reversible la consideración y podemos imaginar, como lo sugieren los autores de este libro, que las palabras tienen su geografía. Habría palabras llanas, otras escarpadas, otras aserradas como plegamiento nuevo, fluidas como el agua, y así parecidamente. Las frases hechas del idioma y expresiones literarias así lo aluden. "Mi verso es un monte o río" dice Martí según sus momentos. "El rio verbal de su elocuencia" o "la catarata de su discurso". La sintaxis de éste caracolea como un arroyo y el estilo de aquel es pampeano: chato y previsible.
En este ir y venir de la palabra a la Geografía y de ésta a las palabras, no creo ocioso recordar un par de casos interesantes. Cuando Roberto J. Payró publicó La Australia Argentina (1898), en que describía las tierras y costas patagónicas, Bartolomé Mitre le escribió en una carta: "Su libro es la toma de posesión, en nombre de la literatura, de un territorio ignorado que forma parte integrante de la soberanía argentina, pero que todavía no se ha incorporado a ella para dilatarla y vivificarla". Esto lo escribía Mitre hace un siglo y hoy... (2). Otra carta, ésta de Rafael Obligado a Joaquín González, recién publicadas Mis Montañas, donde le dice que su libro es "el advenimiento de los Andes a la literatura patria" y que "La propiedad artística de la cordillera argentina le pertenece a usted de hoy para siempre" (3).
Ambos casos tratan de exploraciones literarias por la geografía de nuestro país. Hay un libro de Roberto Ledesma cuyo título, superior a su contenido, es un verdadero programa: Una geografía argentina vista por los poetas (Buenos Aires, Edicio nes Culturales, 1968).
Este libro que prologo se subtitula: "Pesquisas en el lenguaje geográfico". Antes en la serie Eureka, se publicó otro con el cognomen de "Pesquisas en el lenguaje matemático". La palabra pesquisa suena sherlockholmeana. Pesquisémosla. Tres autores –triada curiosa compuesta de un matemático, un geógrafo y un filólogo, fusión que no hallo clasificada en la fauna de los manuales de zoología fantástica– componen este grato lexicón, que habla del origen y las acepciones de los vocablos geográficos, y bautizan a su tarea "pesquisa de palabras". Dos pasos más atrás –no más arriba– de ellos, un cuarto pesquisa sobre la palabra "pesquisa", en una suerte de puesta en abismo. Es un claro caso de metapesquisa, nomás. En eso estamos.
El vocablo viene del latín perquire, que vale tanto como "buscar con gran cuidado, con diligencia, por todas partes; preguntar, indagar, inquirir, informarse acabadamente sobre algo". Hoy existen en la lengua "pesquisar", "pesquisa" y "pesquisidor".
Una frase de Cicerón dice: "Pueri ne verberibus quidem contemplandis rebus perquirendisque deterrere". Vertido al criollo significa "Ni las cachetadas impiden que los chicos lo miren todo y pregunten (pesquisen) por todo". Esto lo sabemos los padres y los docentes quienes enfrentamos estoica, airada o indiferentemente, se gún casos y humores, los porqué encadenados que los gurises tejen hasta el infinito, o hasta que el sueño los voltea.
Los adultos llaman al preguntón (pesquisidor) "Impertinente", cuando, en rigor, su actitud es de lo más pertinentemente humano que pueda esperarse y lo son sus preguntas por el por qué y el origen de las cosas. "¿Por qué se llama volcán a esa montaña que echa humo, papi?".-"Susy, llamálo al nene. No me deja leer ni preparar la clase!" O, preguntado el maestro, dice: "Bien por esa pregunta. Hay que investigar eso. Mañana sin falta todos traen la respuesta". Se cumple así un ritual procedimiento de pasar la pelota –no el testimonio, que sería prestigioso esfuerzo de carrera griega de postas– a otro. El padre, a la esposa, que para algo es madre del muchacho. El maestro, en cambio, ha perfeccionado el mecanismo pues adopta la técnica del bumerán: pregunta lanzada debe volverse contra el que la hizo, pero con una perversidad devastadora, que tiene dos tiempos. En el primero se dice: "Bien por esa pregunta", con una forma gratificadora engañosa pues no será satisfecha la cuestión. El segundo momento es cruel: "Todos para mañana traigan la respuesta a lo del volcán". La caterva infantil, resentida contra el preguntón, se encargará de silenciarlo para siempre con eficiencia.
El muchacho es un pesquisidor por naturaleza, un preguntón nato. Los docentes nos encargamos de transformarlo, cambiándole el molesto signo, en un aparato de responder y, de ser posible, con prolijidad repetitiva. Vale mucho el esfuerzo por mantener el ánimo cuestionante del muchacho y perfeccionarle con el tiempo, el arte de preguntar. Pero lo cierto que este arte heurístico no lo solemos manejar los mismos docentes. Nadie da lo que no tiene. El arte de preguntar es la formulación concreta de la actitud de pesquisar, básica de toda educación. Todo docente que se precie de tal –sea maestro, profesor, o maesfesor, según vienen perfilándose en los institutos de formación– debería cursar a fondo un par de Diálogos de Platón, siguiendo los tres preceptos del maestro Alain para el arte de leer: Primero, leer lentamente; segundo, leer lentamente, y tercero, leer lentamente. Y luego sí, reflexionar sobre el arte textil del entramado de preguntas que va urdiendo con los hilos sueltos de la ignorancia y de la duda la tela del conocimiento.
Sigamos en la compañía de los antiguos para estar actualizados. (Platón es antiguo, pero el diario de ayer es viejo.) Heródoto, en su Historia, apunta la observación y reconvención, entre divertida y burlona, que los sabios egipcios plantean a los visitantes griegos: "Ustedes, los griegos, son como niños: se asombran de todo y preguntan por todo". (Recuérdese a Cicerón.) Y así era, en efecto. Lo que no sospechaban los egipcios es que en su señalamiento estaban precisando la clave del origen de la filosofía y de la ciencia griegas y, con ella, las de todo Occidente. Platón definirà el asombro como una de las raíces del filosofar. Es esa capacidad de asombro frente al espectáculo del mundo que trae el muchacho a las aulas y la manifiesta en preguntas penetrativas, que satisfechas y enlazadas a otras preguntas pueden hacerlo andar hacia el provechoso saber.
Los tres colegas autores de Geografías de palabras son buenos pesquisidores y se han propuesto, por nosotros, las preguntas pertinentes y han procurado las respuestas esclarecedoras a nuestros tácitos interrogantes. Favor que agradecemos por su generosa utilidad.
La pregunta inicial es por la cosa: ¿qué es esto? Buscamos una palabra que designe esa realidad y contenga su definición. Luego nos preguntamos qué relación existe entre la cosa y su origen designativo: ¿esta palabra, de dónde viene? Hay un aspecto de la verdad que radica en el étimo. La pregunta por el origen de la palabra. No son estas preguntas entretenimientos en si, son formas de conocimiento. Pero las respuestas etimológicas suelen ser divertidas. Ambas preguntas, el ser y el ori gen, se concitan en esta pesquisa de geografismos.
Toda disciplina, por natural desarrollo y especialización va creando o adecuando términos para designar sus propias realidades. Estos vocablos son los tecnicismos que, en conjunto, llegan a constituir un lenguaje profesional o jerga. Hay jergas de la biología, de la química, de la física, de la geografía... Estas jergas penetran en el uso cotidiano de la escuela, pero padecientes de una aberración inicial: se las impone sin analizarlas ni explicarlas. Toda palabra es como una caja; hay que abrirla y conside rar su contenido, y la mayoría de ellas, es caja con truco, tiene doble fondo. Sin su análisis, el muchacho, como el loro del cuento: "Cuando cantas lo que sabes,/ nunca sabes lo que cantas". El uso repetido las fija solamente. No hay proceso de apro piamiento de los lenguajes específicos en la enseñanza. Difícilmente el docente se hace espacio para ocuparse de los tecnicismos que maneja y que lleva a manejar a sus alumnos. Las palabras sólo se proponen como cajas cerradas y frente a ellas hay que hacer fe de que contienen significados valiosos. En tanto, la experiencia nos muestra cuánto se alcanza de fijación, propiedad y conciencia de uso cuando les destinamos a los pobres vocablos jergales alguna atención merecida.
La Geografía tiene su rica jerga lingüística (isobara, ría, fiordo) pero, además, dispone de un sistema de signos no lingüísticos (gráficos, cromáticos, plásticos) que también comunican información. Tampoco los docentes parecen detenerse mucho en ello y menos en la didáctica de su lectura. Se recuerda la imposibilidad de Sarmiento para leer música. Cuando le propusieron una partitura y le pidieron opinión sobre la pieza, contestó: "Sólo veo una serie de negritos trepando por un alambrado". Notas y pentagrama.
El problema de los varios y crecientes lenguajes –algunos tradicionales, otros nuevos y algunos novísimos– en la enseñanza no ha sido aún asumido a pleno en nuestra docencia. Si la enseñanza, la sociedad, la vida se apoyan en la comunicación, mal hacemos por ella cuando desatendemos las diversas formas de los lenguajes y sus abecés que consolidan las ricas vías de la dicha comunicación.
Casi todas las palabras de la lengua, de la general y de las jergas técnicas, tienen en su origen un sentido muy concreto, material, gráfico, simpático y atractivo que, después, será, por analogía, traspuesto a otros planos más intelectuales o espirituales. Esa primera acepción que la etimología revela suele ser sabrosa e impresiva y nos da apoyo para subir desde ella a otros niveles. Esa vuelta a lo original revitaliza el vocablo quitándole la pátina con que el uso la tiñe. Y luego, buscamos el puente entre aquel origen y la actual acepción. De esto la utilidad gustosa de los aportes de este librito, que combina dos movimientos pesquisantes: hacia el fondo y alrededor, hacia la etimología y en torno a la acepción de cada vocablo. Como si dijéramos, labor de buceo y exploración alrededor de la isla de cada palabra, para ir descubriendo que constituyen archipiélagos, otras casi islas, penínsulas y otras, plenos continentes.
Lector: buen viaje exploratorio,
PEDRO LUIS BARCIA
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(2) V. Barcia, Pedro Luis, Fray Mocho desconocido, Buenos Aires, Mar de Solís, 1979, p.47.
(3) En Barcia, Pedro Luis, Prosas de Rafael Obligado, Buenos Aires, Academia Argentina de Letras, 1986, p.XXIV.
Pedro Luis Barcia (Gualeguaychú, Entre Ríos, Argentina, 28 de junio de 1939). Es Doctor en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Doctor honoris causa por la Universidad Ricardo Palma de Perú y por las universidades nacionales de Tucumán, Salta y Concepción del Uruguay. Es profesor emérito de la Universidad Austral, profesor honorario de la Universidad de Montevideo e investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). También fue presidente de la Academia Argentina de Letras (2001-2013) y de la Academia Nacional de Educación (2012-2016)
Es autor de más de cincuenta títulos, entre los que destacan Escritos dispersos de Rubén Darío (1977); Prosas de Rafael Obligado (1976); La Plata vista por los viajeros (1882-1912) (1982); Shakespeare en la Argentina (1996); Rubén Darío, entre el tango y el lunfardo (1997); Ideario de Sarmiento (2014), y Pedro Henríquez Ureña y la Argentina (2015).
Ha sido acreedor, entre otros, del Premio Internacional Cincuentenario, otorgado por la AAL, por su edición crítica con estudio preliminar y vocabulario de argentinismos de La Lira Argentina, editado por la corporación en 1982; el Premio Domingo Faustino Sarmiento, otorgado por el Congreso de la nación argentina; el Premio Enrique Larreta al Ensayo Crítico, otorgado por el Instituto del Idioma; el Premio Esteban Echeverría a la Crítica; el Premio a la Vocación Humanística (2002). Asimismo, ha recibido las Palmas Sanmartinianas del Instituto Nacional Sanmartiniano y el Laurel de Plata del Rotary Club de Buenos Aires.





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